La autobiografía

18 Jul


Manizales, martes 12 de marzo de 2005

Apreciado Julio:

En verdad agradezco profundamente los comentarios que hace sobre el primer capítulo de mi autobiografía que está siendo publicada en la revista Fuegos. No es común recibir, en estos tiempos de Internet y correo electrónico, una carta como la suya, escrita a máquina por lo demás, ¿también usa una vieja Rémington 170? Siempre he considerado vital para el oficio de escritor mantener un contacto frecuente con los lectores y en este caso, créame no es un elogio de ocasión, con un lector tan inteligente y perspicaz como lo es usted. Comparto sus observaciones sobre algunas caídas en el ritmo de la historia, especialmente con relación a los años de la adolescencia. Creo que es una falla que debo atribuir a mi memoria que, por alguna razón que ni mi psicoanalista ni yo hemos podido descifrar, tiende a colocar una nube gris sobre aquellos años y a revelar solamente algunas imágenes específicas, mientras otras aparecen distorsionadas, como vistas a través de un espejo irregular. En todo caso, espero que el conjunto completo de la narración compense esos pequeños altibajos de ritmo y pueda ofrecer un mayor placer en la lectura.

Reciba un cordial saludo,

Rubén Darío Carvajal.

 

Manizales, sábado 21 de abril de 2005

Apreciado Julio:

Con alegría he recibido su carta con nuevos comentarios sobre el segundo capítulo de mi autobiografía. Esta vez sin embargo, y aunque podría estar de acuerdo con algunas de sus ideas sobre los aspectos formales de la narración, como su objeción sobre el cambio de foco narrativo entre la primera y la tercera persona del singular, o la incorporación de algunas cartas dentro de la obra, no ocurre lo mismo con sus observaciones sobre los acontecimientos que describo en la historia. Critica usted como “exagerados y sin fundamento” los sentimientos de orgullo y satisfacción que sentí al recibir mi primer premio literario en la universidad. Debo decirle, y esta vez sin la posible máscara que a pesar de todo puede darnos la literatura, así sea en un género que se pretende “verdadero” como la autobiografía, que esos sentimientos no están siendo exagerados ni alterados con propósitos literarios. No sé. Me parece sentir en sus palabras, y le pido disculpas si estoy siendo demasiado imprudente, un cierto dejo de resentimiento o de dolor. ¿Me equivoco? ¿Ha pasado usted por algún sentimiento de frustración literaria? No permita que experiencias dolorosas del pasado le impidan compartir lo que yo he sentido, y que me ha hecho tan feliz. Déjese llevar por la lectura como en un viaje tranquilo y relajado en un mar en calma.

Un abrazo,

Rubén.

 

Manizales, lunes 10 de junio de 2005

Apreciado ¿Julio?:

Entre contento y, debo reconocer, un poco asombrado, he recibido su última carta. Hay algunos detalles sobre mi vida que usted parece conocer a la perfección que me han hecho incluso dudar sobre su propia identidad: ¿es usted en realidad un seguidor tan asiduo de mi trabajo y de mi historia, o es algún amigo que se esconde tras la firma de Julio Costa? Si la segunda opción es cierta, ¿qué motivos lo han llevado a escribirme bajo un seudónimo? ¿hay alguna cosa que me quiere decir y no ha podido hacerlo frente a frente? Tal vez estoy equivocado y le pido por favor que me lo aclare. No quiero parecer grosero o pedante, como tantos otros escritores que conozco, pero las conjeturas e insinuaciones que usted hace referentes a mi vida, no tienen nada que ver con algún tipo de interés literario o intelectual. Por tal motivo, le pido amablemente que si no es para discutir sobre cuestiones de literatura, por favor no me siga escribiendo. Si, por un engaño de mi parte, he malinterpretado sus palabras, hágamelo saber en su próxima carta y con certeza podemos seguir discutiendo sobre la publicación de la autobiografía.

Saludo,

Rubén Darío.

 

Manizales, jueves 20 de agosto de 2005

Apreciado Rubén:

La última carta me ha dejado completamente arrasado y confundido. Nunca imagine que fueras capaz de tanta maldad. Lo que tenías que decirme podrías haberlo hecho de otra forma, más espontánea quizás y menos maldadosamente cerebral. Sí, es cierto, hay una gran parte de invención en lo que escribo, tal vez demasiada, tal vez todo sea invención como tú dices. Pero llegar al extremo de decir que no existe una revista Fuegos, que mi autobiografía no ha sido publicada en ninguna parte, y que las cartas que recibo son escritas por mí mismo, es algo que no tiene sentido. Entiendo tu odio, tu frustración, ahora sé que nunca volviste a publicar nada después de aquel premio de la universidad (que además fue un concurso con muy pocos competidores), pero esa no es razón para atacar y destruir la vida de otra persona que, como yo, ha triunfado en el mundo literario, que ha escrito cuentos y novelas que han contribuido a transformar la literatura contemporánea, que ha recibido innúmeros premios en el país y en el extranjero, y que no ha sido nominado al Nobel solamente por sus posturas políticas (como tantos otros injusticiados por la Academia Sueca). Si querías arruinar mi vida, lo lamento. Tu esfuerzo no es suficiente para eso. He vivido y he aprendido a superar las peores adversidades con la paciencia y la sabiduría que dan los años y las lecturas que me han acompañado siempre. No voy a volverme más loco o a seguir ahogándome en el alcohol. Siento mucho si era esa tu idea. Con relación a la autobiografía, simplemente bastará colocarle un subtítulo: Novela, para no seguir engañando a los futuros lectores.

Recibe un caluroso saludo de mi parte,

Rubén Darío Carvajal.

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