Una mañana cualquiera

21 Ago

Yo ví lo que sucedió desde lejos. Estaba sentada en una banca del parque esperando la hora para entrar a mi oficina. Ví cuando el viejo estacionó su auto. Lo ví cerrar la puerta y dar algunos pasos en dirección al norte. Luego lo ví llevarse la mano derecha a la frente, inclinando el cuerpo un poco hacia atrás. Dio la vuelta y volvió hasta el auto. Miró por la ventanilla del conductor y movió lentamente la cabeza de un lado a otro. Después intentó abrir la puerta jalando varias veces la manija sin conseguirlo. Lo ví dar la vuelta y hacer lo mismo con la puerta del pasajero sin ningún resultado. El viejo levantó un instante la mirada. No recuerdo con precisión su rostro. Ahora sería útil recordarlo pero no lo consigo. Tal vez tenía barba y estaba casi calvo. Pero no estoy segura.

Luego lo ví entrar a la tienda y salir algunos minutos después con algo en la mano, tal vez un destornillador o un cuchillo. Volvió al auto e intentó forzar la manija de la puerta del conductor, pero sus gestos demostraban la inutilidad de su esfuerzo.

Los primeros a acercarse fueron dos obreros de construcción que pasaban en bicicleta. Se detuvieron e intercambiaron algunas palabras con el viejo. Colocaron las bicicletas a un costado y comenzaron a ayudarle. Primero uno, después el otro. Trataban de forzar la puerta con fuerza pero no cedía. Intercambiaron de lugar varias veces. Mientras uno intentaba, el otro descansaba. Luego cambiaban de posición. El viejo los observaba de cerca y parecía comentar alguna cosa con ellos.

Después se acercó un hombre. Era gordo y llevaba una valija de cuero. El hombre sacó algo que parecía un alambre e intentó meterlo por algún espacio de la ventana. Trataba de hacerlo con demasiado ímpetu, empujando incluso a los obreros y al propio viejo que continuaban con sus maniobras junto a la puerta.

Luego apareció una mujer joven vestida con ropa de hacer ejercicio, llevando un perro agarrado con una correa. El perro comenzó a olfatear y a saltar entre los obreros, el hombre de la valija y el viejo, mientras la mujer recorría el auto, tocándolo con las manos, como si buscara algún punto débil, como cuando se toca una pared en busca de un espacio hueco. Un grupo de muchachos a camino del colegio se detuvo frente al auto para ver a la muchacha que, cuando se movía, dejaba al descubierto uno de sus senos.

El grupo que se amontonaba junto al auto llamó la atención de una patrulla de policía que pasaba por el lugar. La patrulla se estacionó atrás del auto, bloqueándolo y bloqueando también mi visión, lo que dificulta la posibilidad de sacar conclusiones definitivas sobre lo que pasó después. Cuatro policías bajaron de la patrulla apuntando con sus armas. No sé si por simple precaución o porque ya sabían que algo extraño estaba pasando. Dos de ellos se ubicaron al lado de la puerta del conductor. Los otros dos se subieron sobre el auto. Uno se sentó sobre el capó apuntando con su arma hacia un lugar indeterminado. El otro comenzó a caminar de un lado a otro sin, aparentemente, ningún propósito.

Poco a poco las personas que esperaban en la fila del banco comenzaron a aproximarse, se metían entre los obreros y el viejo, empujaban a la muchacha y a los policías. Los más jóvenes y ágiles se subieron sobre el auto. Algunos se acostaron sobre el techo. Otros se movían, contorsionando el cuerpo invadidos por una extraña compulsión y otros permanecían estáticos, como esperando algo, ¿pero qué?

El primer trueno sonó a lo lejos y algunos miraron preocupados hacia arriba. Otros dos truenos atravesaron el cielo de aquella mañana y luego la lluvia se precipitó como si un enorme balde de agua hubiese sido lanzado de improviso sobre nosotros.

El grupo comenzó a dispersarse. Algunos corrían sin prestar demasiada atención al camino, estrellándose contra los otros. Ví algunos que saltaban, otros que caían. Ví algunas mochilas lanzadas al aire. Finalmente ví cuando se alejaba la patrulla de la policía y me quedé perpleja.

El auto estaba destrozado. Los vidrios rotos. La puerta del pasajero había sido arrancada. Los faroles quebrados. El cuerpo del viejo estaba recostado sobre la puerta del conductor. Su cabeza había sido usada para quebrar el vidrio de la ventana. Los brazos colgaban, inertes, a ambos lados del cuerpo y en su mano derecha un juego de llaves se balanceaba con el viento.

No quise acercarme demasiado. Observé la escena por unos minutos y luego me fui caminando hacia la oficina. No quería llegar tarde.

Una respuesta to “Una mañana cualquiera”

  1. Diamanda Bronx septiembre 9, 2011 a 14:32 #

    Final feliz, evidencia nuestra apatía ante el horror

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