Una tragedia contemporánea

5 Nov

No he podido sacar de mi cabeza la cara de ese hombre. Pasaba por inercia los canales del televisor cuando me detuve en un programa de concurso. Ricardo, de unos 40 años, con su nombre escrito en un pequeño rectángulo de papel sujeto al lado izquierdo del pecho, estaba diciéndole al conductor del programa que era la cuarta vez que salía sorteado para participar. “Increíble”, dijo el conductor y miró hacia el público que le respondió automáticamente con un estruendo de aplausos. “Esperamos que esta vez se lleve el premio mayor: ¡1 millón de reales!”. Otra vez los aplausos, un tanto más fuertes que antes. Alguien silbaba con fuerza desde algún lugar indeterminado de la platea.

Ricardo estaba nervioso. Se notaba el temblor en su cuerpo y su voz se quebraba un poco cuando hablaba. El presentador aprovechaba para hacer reír a su público frenético. “Tranquilo”, le decía, “tantas veces participando y lo noto demasiado nervioso”. “Es que no me quiero precipitar”, dijo Ricardo, “la vez pasada me precipité y perdí en la primera ronda”. Después de anunciar una marca de teléfonos celulares y un jabón en polvo que deja la ropa increíblemente limpia y con un aroma a flores silvestres, apareció la primera pregunta: “¿Cuál es la parte anterior de la cabeza?”. Luego sonó una música de misterio que me pareció familiar, tal vez era la música de “La Dimensión Desconocida”, pero no estoy seguro. “A. La nuca, B. El cuello, C. Los hombros o D. La cara”. Después de pensar hasta casi el final del tiempo permitido, Ricardo con la voz temblorosa dice: “D. La cara”. “¿Está seguro?”, dice el presentador. “Seguro”, responde Ricardo. “¿Completamente seguro?”, insiste el presentador. Ricardo duda un poco pero confirma su respuesta intentando mostrar una seguridad que no es espontánea. “Completamente”, dice. “La respuesta es…”, suena de nuevo la música de misterio, “¡correcta!”. Otra vez los aplausos. Ricardo respira, aliviado.

“Ahora usted tiene 10.000 reales”, dice el presentador, “¿quiere continuar para los 50 mil o parar e ir para casa con su premio?”. Desde el fondo del escenario hay gritos de apoyo para que continúe. “Quiero continuar”, dice Ricardo y esta vez una sonrisa, un tanto involuntaria, se esboza en su rostro. El público le responde con una nueva algarabía general. “Quiero recordarle”, dice el presentador con seriedad, “que si no acierta pierde los 10.000 reales. ¿Quiere continuar de todas formas?”. “Quiero”, dice Ricardo. Aplausos y gritos desde la platea. “Muy bien”, dice el presentador, “volvemos en un instante con ¡El programa del millón!”. Suena el jingle del programa y aparecen los comerciales.

Después de un comercial de Volskwagen, uno de Coca-Cola y los avances de la novela, aparecen nuevamente en primer plano el presentador y Ricardo. “Aquí estamos nuevamente con…”. “¡El programa del millón!”, responde el público en coro. Suena el jingle. “¿Nuestro amigo Ricardo está listo?”, pregunta el presentador. “Estoy listo”, dice Ricardo. Aplausos. “La pregunta es la siguiente. Mucha atención”. Música de misterio. “¿Cuál es la capital de Nigeria? A. Luanda, B. Lagos, C. Dakar o D. Lusaka”. Ricardo piensa un poco, pero parece seguro. Responde: “B. Lagos”. “Todavía hay tiempo”, dice el presentador, “¿no quiere pensarlo un poco más?”. “No, mi respuesta es B. Lagos”. “¡Qué seguridad!”, dice el presentador. El público le responde con aplausos. “Bueno, veamos…la respuesta es…” Música de misterio. “¡Correcta!”. El público estalla en un solo grito de alegría.

“Hasta aquí ya tiene asegurados 50 mil reales”, dice el presentador. “¿Quiere continuar para los 100.000 o prefiere parar en este momento?”. Ricardo piensa, mueve la cabeza hacia el público como buscando alguna señal de aprobación. Ahora las voces se dividen. Algunos le gritan que continúe, otros que se retire. “Cincuenta mil reales es bastante dinero”, dice el presentador. Ricardo está inquieto. “¿Ustedes qué opinan?”, dice el presentador mirando el público. La gente grita pero no se entiende con claridad cuál es la opción con mayores seguidores. De repente Ricardo se decide. “Continuo”, dice. “¿Seguro?”, dice el presentador. “Seguro”, responde Ricardo. “Muy bien. Tenemos aquí un valiente.”, dice el presentador. “No se muevan de sus lugares. Ya regresamos con ¡El programa del millón!”. Muestran al público cantando el jingle del programa y haciendo una especie de coreografía moviendo los brazos de izquierda a derecha y ladeando un poco la cabeza. Un instante después mandan a comerciales.

“¿Está preparado?”, dice el presentador cuando comienza nuevamente el programa. “Preparado”, responde Ricardo. “A partir de este momento”, dice el presentador con solemnidad mirando hacia el fondo del escenario, “le pido al público completo silencio. Y ahora, vamos a la pregunta.” Suena la música misteriosa que a partir de entonces no se detiene. “Ricardo, atención, concéntrese. La pregunta es la siguiente: ¿En qué año fue adoptada la Declaración Universal de los Derechos del Hombre por la Asamblea General de las Naciones Unidas: A. 1937 B. 1948 C. 1952 o D. 1940”. Ricardo parece preocupado. Su mirada está fija en el cuadro donde aparecen las opciones de respuesta, pero se nota que no sabe cuál opción elegir. De repente gira la cabeza hacia el público. El presentador le recuerda que no puede hacer eso. Vuelve a girar la cabeza y se queda mirando hacia delante. Un instante antes de que termine el tiempo permitido, Ricardo dice sin mucha convicción: “B. 1948”. “¿Está seguro?”, le dice el presentador acercándose. “No, no estoy seguro”, dice Ricardo. El presentador le pone una mano en el hombro. “La respuesta es… ¡correcta!”, grita.

“Mi amigo”, dice el presentador, “ahora usted tiene ¡100.000 reales!”, el público aplaude desmesuradamente, “el próximo paso es complicado: puede irse para casa feliz con sus 100 mil, o puede intentar llegar a los 200 mil y volver al programa final para competir por ¡un millón de reales!”. Nuevos aplausos y gritos desde la platea. Ricardo está pensativo, indeciso. De repente, como queriendo evitar pensar, dice casi gritando: “¡Continuo!”. Nueva explosión de júbilo en la platea. “Muy bien”, dice el presentador, al tiempo que comienza de nuevo la música de misterio, “la pregunta es la siguiente, mucha atención, le pido al público absoluto silencio”. Alguien grita alguna cosa que no entiendo y algunas personas ríen. Después se hace un silencio tenso, dejando de fondo únicamente la música de misterio. “Ricardo, ¿está tranquilo?”. “Estoy tranquilo”, dice. “La pregunta es la siguiente: ¿Durante la Segunda Guerra Mundial, en qué fecha exacta Gran Bretaña le declara la guerra a Alemania: A. 3 de septiembre de 1940; B. 4 de octubre de 1939; C. 24 de marzo de 1940 o D. 19 de noviembre de 1941.”

Ricardo piensa, se lleva la mano derecha a la barbilla, después se toca la frente con los dedos y cierra los ojos un instante. “B. 4 de octubre de 1939”, dice justo antes de que termine el tiempo permitido. El presentador mira al público y después a Ricardo. “La respuesta es…¡incorrecta!”. Suena un pito que hace un ruido insoportable. “Lo siento mucho mi amigo”, dice el presentador, mientras el público le contesta con una expresión de pesar general. “Veamos.. la respuesta correcta es: A. 3 de septiembre de 1940… Ricardo ¿cómo se siente?”. Ricardo mira fijamente a la cámara. Su rostro revela un sentimiento de dolor que no puede ocultar. Durante unos segundos no consigue hablar y después, con la voz entrecortada, dice: “Esto para mí es una tragedia”. Baja la mirada y casi inmediatamente suena el jingle del programa. La cámara enfoca el público bailando y sonriente y un instante después comienzan a aparecer los comerciales.

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