Un paso en falso

5 Ene

Foto de Nathaniel Goldberg

Estoy en la sala de espera y mientras observo la llegada y salida de los aviones a través de dos grandes ventanales, me pregunto por qué decidí de un momento a otro escribir estas notas. Me doy cuenta que todavía no lo tengo muy claro. A veces me parece un acto desesperado. Como el movimiento de algún animal herido que en el último instante se niega a morir y decide dar una última y violenta sacudida para ver si al menos logra golpear a alguno de sus agresores, aunque sé que en mi caso esos agresores son invisibles o terriblemente lejanos.

En principio tengo que aclarar lo siguiente: yo no soy escritor, nunca lo he sido, ni siquiera soy un gran lector – aunque leí todos los libros de mi madre, más por una cuestión de morbosa curiosidad que por placer literario o estético. Lo que algunos llaman literatura, con gestos de una solemnidad que me enferma, nunca fue objeto de mi deseo. Pero que no se tome esto como una excusa o justificación para valorar lo que escribo. Inclusive porque no me importa para nada lo que digan. No estoy preocupado con escribir bien o con hacer una obra que cambie el destino de la humanidad. ¡Por favor! Eso me tiene sin cuidado. ¿Para qué escribo entonces? Ya lo dije: como un acto desesperado, como la forma de buscar alguna cosa a qué aferrarme, como la manera de darle algún sentido a algo que no lo tiene. Creo que desde el comienzo he sabido que esto no va a servir para nada, pero aún así he continuado. Como por inercia, como una más de mis rutinas diarias, como bajar al café de enfrente todas las mañanas y conversar con Marcos de cualquier cosa – casi siempre de fútbol o de mujeres o de la situación del país – o como ir a sentarme al mismo banco de la Plaza París, cerca a la fuente y leer el periódico y mirar a la gente que hace ejercicio o que saca a pasear a sus perros inmundos.

Hace muchos años, la gente que me conocía esperaba que yo fuera algún tipo de artista o intelectual. Esperaban que siguiera los pasos de mi madre, que demostrara talento para algo. ¡Pero yo nunca he tenido talento para nada! Talento artístico nunca he tenido, ni un poco. Ni talento para los negocios. Ni talento con las mujeres. Ni talento para engañar a nadie. Un amigo me dijo un día que a lo mejor era un rechazo que yo mismo había creado para enfrentarme a mi madre o alguna cosa pseudo-psicoanalítica por el estilo. Como si tan sólo fuera cuestión de decidirlo y de un día para otro me pusiera a escribir o a tocar el piano. ¿Han oído una estupidez semejante? ¿Para qué engañarnos? Nunca he tenido talento. Si Carol se enamoró de mí en aquella época no fue por mi inteligencia. Fue porque tenía algo de dinero y a lo mejor porque la hacía reír. Nos reíamos bastante, sobre todo al principio, claro, después lo único que hacíamos era gritarnos e insultarnos. A veces ella me tiraba cosas, lo que tuviera a mano: un vaso, un cubierto, un zapato. Yo nunca le tiré nada, se los juro. Tan sólo esquivaba sus proyectiles y cuando podía me iba de la casa. Dormía en el hotel de la esquina, donde siempre me daban el mismo cuarto sin hacer preguntas. Algunas veces, si no era tarde, me iba a casa de mi hermana que trataba de darme consejos para salvar la relación. Ella siempre usaba esa palabra, “hay que salvar la relación”, decía. Después de Carol no me volví a enamorar de ninguna mujer. Ni siquiera lo he intentado y creo que ya estoy muy viejo para hacerlo. Salí con varias mujeres, hice el amor con algunas, pero nunca me volví a enamorar.   

Llegué a este país hace diez años. Pensé que me iba a quedar solamente unos meses pero las cosas se fueron prolongando y dejé que los otros o que el destino decidiera por mí. El hecho es que no hice nada para regresar, hubiera podido hacerlo pero no lo hice. Ahora me pregunto si no era eso lo que en verdad quería, si en el fondo y a pesar de las excusas que yo mismo me daba y le daba a los otros, no quería volver. Siento falta de mis hijos. Siento falta de mi hermana. A veces hasta siento falta de mi ex-mujer, pero sólo en los peores momentos de soledad y de angustia. El país me gusta, a pesar de que está tan mal como el mío, pero sé que hubiera podido ser cualquier otro, me daba igual. La cuestión era estar lejos, dejar todo para atrás, vivir otra vida. ¿Sirvió para algo? No lo sé. No me siento ni peor ni mejor que antes. Vivo inmerso en una nube de indiferencia y de tedio mortal. Por lo menos el trabajo me mantiene ocupado durante la semana, de lo contrario ya me hubiera pegado un tiro en la frente, o me hubiera tirado por la ventana de la sala, aunque con mi suerte es posible que no me matara sino que quedara parapléjico. El año que decidí salir de mi país fue un año terrible. Mis deudas se habían acumulado de una forma extraordinaria. Perdí la casa donde vivía con mi mujer y mis hijos, perdí el carro y todo lo que había en el negocio, incluido el negocio, y aún así continuaba con deudas. Algunos miembros de mi familia juntaron dinero y me ayudaron a pagar algo, pero las cartas y los cobradores seguían apareciendo. Los veía en mis pesadillas, salía a caminar por el centro y sentía que me estaban siguiendo. Uno de los tipos a los que debía me amenazó de muerte. ¿Cómo había llegado hasta ese punto? Por imbécil, por haber tomado siempre las decisiones equivocadas, por actuar como un maldito irresponsable. El negocio comenzó a ir mal, pero yo no quise reconocerlo cuando todavía había tiempo de hacer algo. Pudo más mi orgullo que mi inteligencia. No quería perder mi estatus, no quería sacar a los niños del colegio, no quería que mi mujer lo supiera, que todo el mundo lo supiera. Así que empecé a pedir préstamos para sostenerlo, después a pedir préstamos para poder pagar los préstamos que había pedido y así sucesivamente hasta que la burbuja explotó llevándose todo: el negocio, mi casa, mi familia, mi maldito orgullo. Todo.

Vivo en un pequeño apartamento de cuarto y sala en la Candido Mendes, esquina con la Hermenegildo de Barros. La calle está llena de edificios como el mío: bloques enormes repletos de apartamentos donde la gente vive apretada como salchichas en conserva. A lo largo de la calle hay dos bares, un restaurante, una peluquería y un supermercado. Desde mi ventana veo las ramas de los árboles de la calle moverse con el viento y algunos pájaros en sus nidos. También veo algunos apartamentos vecinos. En el edifio de enfrente, en el tercer piso, hay una mujer que se desnuda todas las noches en su cuarto con la luz encendida. Creo que ella ya sabe que la observo, pero no le importa. Mi apartamento es fresco, aunque no dejo de tener una cierta sensación de claustrofobia. La ventana de la sala es rectangular y está dividida en dos partes. La parte superior no se abre, está atravesada por vigas de hierro de una pulgada de espesor, separadas cada diez centímetros. Uno de los vidrios, el tercero de derecha a izquierda está resquebrajado. En la parte inferior hay dos ventanas pequeñas. Suelo sentarme ahí y mirar la calle mientras fumo. No es el mejor sitio donde he vivido, pero no me quejo. Tengo todo lo que necesito. Inclusive ha terminado por gustarme o me he acostumbrado. Cuando vuelvo del trabajo me tomo una cerveza en el bar de enfrente y a veces como algo para no tener que cocinar en el apartamento. La gente ya me conoce y siempre hay alguien con quien conversar. No tengo muchos amigos. Las únicas personas con las que salgo de vez en cuando son Ricardo y Silvia, un matrimonio que trabaja conmigo en la empresa. Son gente sencilla y alegre. Por lo menos un domingo al mes me invitan a su casa a almorzar. Tienen tres hijos pequeños que me recuerdan a mis hijos. “Yo no podría hacer lo que hiciste”, me dijo un día Ricardo mirando a su familia en el patio de su casa, “no podría dejarlos”. Yo lo miré y recordé que eso mismo era lo que yo pensaba siempre, pero no le dije nada.

Al principio, cuando llegué aquí, la sensación fue extraordinaria. Todo me parecía más lleno de vida: las playas, las mujeres, la comida. Con el correr del tiempo mi mirada se fue habituando al nuevo contexto. Me dí cuenta que las cosas no eran tan diferentes como yo pensaba. En los peores momentos sólo pensaba en volver a mi país pero ¿qué iba a hacer allá? Aquí por lo menos tenía un trabajo, ganaba algo de dinero para sobrevivir y podía enviar algo para mis hijos. Si regresaba lo más probable era que no consiguiera nada y que volvieran a aparecer todos a los que aún les debía dinero. No, no había otra salida para mí. Lo mejor era quedarme y resistir. No hubiera podido soportar un fracaso más y en cierto sentido volver, en aquella época, hubiera sido interpretado como eso: otro paso en falso, otro camino equivocado. Pero ¿hay un camino cierto? Escucho que nos llaman por los altoparlantes para abordar el avión. Me levanto sin ganas de la silla y camino hacia el final de la fila de pasajeros.  

He tenido suerte. Nadie se ha sentado a mi lado. No quería conversar con nadie durante el viaje. Lo único que quiero es terminar estas notas y tratar de entender su sentido. Hace un momento, caminando por el pasillo que nos conducía al avión pensé en ella. ¿Cuál era la imagen que ella tenía de mí? ¿Me vería como el hijo que se había desviado de un camino ejemplar, como un cobarde que había preferido huir a enfrentar sus problemas? O a lo mejor no creyera nada de eso, pero ¿iba a tener tiempo de preguntárselo?, y peor aún, ¿iba a tener el valor de hacerlo? Ayer, cuando recibí la llamada de mi hijo, hubo algo en la forma en que el teléfono sonó que me hizo presagiar alguna mala notícia. O tal vez es tan sólo en mi recuerdo que parece como si hubiera sonado de un modo distinto – algo absurdo, por supuesto. La voz de mi hijo temblaba, por una fracción de segundo pensé en mi hija y estuve a punto de perder el equilibrio – había respondido el teléfono de pie en mi oficina. Cuando entendí lo que pasaba no sentí nada. Traté de darle fuerza, le dije que iría a acompañarlos. Era lo que debía hacer. Compré un pasaje para el vuelo de la mañana y me fuí a la casa. Sólo unas horas más tarde, en la soledad de mi apartamento, mientras empacaba las cosas en la maleta, comencé a llorar. Sentado en la cama, con una camisa negra en la mano derecha, lloré como hacía mucho tiempo no lo hacía. Después me levanté, me lavé la cara en el baño y terminé de empacar mis cosas. Traté de dormir pero fue inútil. Pasé toda la noche mirando el techo, pensando, recordando, tratando de entender. Al principio las imágenes se atropellaban en mi cabeza en una sucesión incomprensible. Luego comenzaron a aparecer muy lentamente y con una gran precisión de detalles, como si estuviera viendo los recuerdos a través de un inmenso microscopio. Algunas escenas de mi vida con ella pasaban ante mis ojos en cámara lenta y casi que podía sentir los aromas y los sonidos de una forma tan nítida y tan real que pensé que estaba soñando y que soñaba que estaba despierto. Cuando sonó el despertador me levanté de la cama, me vestí y salí para el aeropuerto. En el taxi dormí profundamente durante todo el trayecto.         

En todos estos años no volví a hablar con ella. No fue algo que decidí de manera consciente. Ella trató de ayudarme en el peor momento, pero yo alejé con mi actitud a todo el que se me acercó entonces. Sabía que todos tenían razón y esto me hacía ver lo imbécil que había sido. Le dije cosas dolorosas. La culpé de mi situación, como si en el fondo fuera ella la causa de todos mis problemas. Nunca le pedí perdón. Varias veces pensé hacerlo. Pensé llamarla y pedirle perdón y decirle que la quería. Pero en el último instante me arrepentía. No me sentía con la fuerza suficiente para hacerlo o me inventaba alguna excusa. Me decía que ella no quería hablar conmigo, que no había nada que hacer, que era mejor dejar las cosas como estaban. Y ahora tal vez sea demasiado tarde. ¿O no? Tal vez alcance a verla y decirle todo lo que he pensado en este tiempo, agradecerle lo que hizo por mí, decirle que siempre estuve orgulloso de ella a pesar de que parecía demostrar lo contrario. Decirle que la amaba. Estoy decidido a hacerlo cuando la vea. No voy a cometer más errores. No voy a dejar que se muera pensando que su hijo la odia.       

Los trámites en el aeropuerto son rápidos, lo que me hace tener un buen presentimiento. Mi maleta sale entre las primeras por la cinta negra y el policía que revisa el equipaje me hace señas para que continue avanzando. Al salir por la puerta me golpea el aire frío de Bogotá, pero la mañana está despejada y el sol ilumina las montañas al frente. Observo hacia la multitud buscando algún rostro conocido. Después de hacer un recorrido con la mirada veo la cara de mi hijo que me sonríe y veo como extiende su brazo para saludarme. Me acerco sonriendo y lo abrazo. Él también me abraza y sólo un instante después comienza a llorar sobre mi hombro.

Una respuesta to “Un paso en falso”

  1. Juliana enero 5, 2012 a 14:24 #

    Mi tema, no? Bueno, no se te da mal. Echale ojo a la influencia del portugués, que en este texto puede justificarse, tal vez.

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