Rayoela*

20 Oct

Commonplaces de       Max Ernst

1.

¿Encontraría a esta hijueputa? Tantas veces me había bastado asomarme, viniendo por la rue séptima o por el pont de la 26, y apenas la luz de ceniza y olivo que flota en el aire me dejaba distinguir las formas, ya su enorme silueta recortaba el paisaje, caminando sin hacer nada, o quizás comiendo alguna de esas empanadas grasientas que le vendía por un precio irrisorio Monsiuer Chepe. Y era tan natural cruzar la calle y acercarme a ella, que sonreía sin sorpresa, convencida como yo de que un encuentro casual es lo menos casual en nuestras vidas y más aún en un maldito barrio tan pequeño.

2.

Pero ella no estaría ahora en el puente. Seguramente se estaría asomando a todas las vitrinas de San Victorino, buscando ropa interior, charlando con las vendedoras o comiendo una salchicha caliente por ahí en la calle. Ahora ella ya no estaba en mi camino, y aunque conocíamos nuestros domicilios, cada hueco hediondo de esos cuartos de pensión de la 14 donde nos hacíamos pasar por estudiantes, aun así no nos buscaríamos en nuestras casas. Andábamos sin buscarnos, pero yo tan de malas me la encontraba en todas partes. Oh Mazda, en toda mujer parecida a ti se agolpaba un silencio ensordecedor, como un paraguas mojado que se cierra. Precisamente un paraguas ¿lo recuerdas? Aquella tarde de lluvia que decidiste terminar con el viejo paraguas que te encontraste un día en una buseta, completamente podrido y vuelto mierda y con el que torpemente golpeabas a todo el que se te pasaba por el lado en el Transmilenio. Dijiste que debía morir dignamente y lo arrojaste con todas tus fuerzas, sin pensar demasiado en que este puente no va a dar a un bello prado húmedo, sino a la calle 26 con todo su tráfico inverosímil. Oímos un fuerte frenazo y luego un golpe, ¿lo recuerdas? Oh Mazda, y no estábamos contentos.

3.

¿Qué venía yo a hacer por esos lados? Me parece que ese jueves de diciembre tenía pensado tomarme unas cervezas en el burdel de la esquina y aprovechar que el Indio Amazónico me leyera la palma de la mano. Nunca te llevé donde el Indio, a lo mejor tuve miedo de que leyera en tu mano alguna verdad sobre mí, porque fuiste siempre un espejo terrible, una espantosa máquina de repeticiones, y lo que llamamos amarnos fue quizás que yo estaba de pie delante de ti con una flor amarilla en la mano y tú sostenías dos velas verdes y el tiempo soplaba contra nuestras caras una lenta lluvia de renuncias y despedidas y pasquines del partido comunista colombiano.

4.

De manera que nunca te llevé donde el Indio Amazónico. Y ahora, acodado sobre el puente de la 26, me preguntaba si este rodeo tenía sentido, si para llegar a la pensión me había bastado seguir en el bus por la décima, bajarme en mi calle y subir derecho, aunque mi vida corriera peligro a esta hora. Si te hubiera encontrado, quizás tuviera sentido. Ahora, era cuestión simplemente de subirme el cuello de la americana, made in china, y caminar sin tener un lugar fijo, simplemente caminar con un cigarrillo temblando peligrosamente en la boca. Tal vez entrar a la cinemateca distrital, donde están presentando por quincuagésima vez esa maldita película francesa. ¿Por qué entrar entonces? Lo ideal sería la inacción, no decidir, dejarse llevar. Como lo estaba haciendo ahora, dejarme llevar por la costumbre, por el destino, por ese culo que se bambolea adelante por la séptima, por lo que sea. Por quincuagésima vez no entiendo la maldita película francesa.

5.

¿Cómo poder hablar de tí, Mazda, cómo comprender lo incomprensible? Las palabras no son suficientes, me hacen falta más frases de cajón, más lugares comunes, más poesía del siglo diez y ocho. No puedo aprehenderte, siempre estás más allá, te me escapas y yo, tan racional, tan clase media-baja, universidad pública y todo eso. ¡Qué me coma un cocodrilo! Yo ni siquiera me entiendo, tu has dado el salto, así no más, ingenuamente, sin querer. Yo en cambio, con toda mi tradición cristiano-occidental apenas si lo percibo a lo lejos, apenas si veo algo de tu inmensa sabiduría, de tu profundo conocimiento de la vida y del mundo.

6.

Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca, voy dibujándola como si saliera de mi mano, como si por primera vez tu boca se entreabriera, y me basta cerrar los ojos para deshacerlo todo y recomenzar, pero me canso, hoy no tengo ganas, no se me para, no funciona, quizás sea por la cerveza, o porque ya no te amo. ¡Ah! el amor, esa palabra…

7.

Sería todo tan fácil entonces, no pensar, hacer a un lado toda esa carga racional occidental que llevamos encima, acercarnos un poco al otro lado, ¿por qué no?, ¿cuáles son nuestros prejuicios, cuál nuestro miedo? Es todo tan claro, tan evidente, ahí está, esperando por salir, por una oportunidad, por una patada en el hígado y una cerveza y una postal de Klee. Sí, sería todo tan simple. Como ahora, sentado en el borde de esta ventana, con medio cuerpo hacia fuera, mirando en el cielo la torre de Colpatria alumbrada de colores. Tan sólo un poco más y ¡zaz!, se acabó.

*Una versión reducida de este cuento fue finalista del Concurso de Cuento Las 500 de la Revista El Malpensante de Colombia en el año 2003.

2 comentarios to “Rayoela*”

  1. John octubre 20, 2012 a 14:59 #

    Una forma bella y elegante de reir.

  2. Publize noviembre 15, 2012 a 14:27 #

    Buenas,

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