El imparable César Aira*

24 Ene

AiraSu pueblo de nacimiento es tan irreal que parece una más de sus creaciones, pero en realidad existe en el centro del mapa imaginario de la actual literatura argentina.

Nace en 1949, año de la primera audición, en el Carnegie Hall, de “Sonatas e interludios” de John Cage, lo que no deja de ser una coincidencia bastante significativa.

A partir de 1967 se instala en el barrio de Flores, en el centro de Buenos Aires, y se gana la vida dando cursos de literatura y traduciendo libros de idiomas que no conoce, lo que produce importantes ganancias para su economía doméstica y algunas de las obras más memorables de los últimos tiempos.

No podríamos incluir a Aira precisamente en la tradición de escritores errantes como Conrad o Nabokov. Viajero infrecuente, su cartografía se reduce a algunos cafés de Flores y del centro de Rosario. Pero esto no impide que el exotismo y los viajes sean parte fundamental de sus ficciones.

De mirada melancólica, su figura enjuta y silenciosa es la de un hombre en apariencia tímido y reservado. Su tono de voz es tan suave y delicado que muchas veces es difícil entender lo que dice. Algo que contrasta en buena medida con las pasiones que despierta entre sus admiradores y detractores.

Como crítico suele ser conciso y directo. De una inteligencia fría y punzante como un estilete de acero. Al contrario del inacabamiento que parece atravesar su narrativa, sus ensayos son pequeñas cápsulas transparentes perfectamente cerradas que, al agitarlas (como se agitan esas circunferencias con paisajes nevados) suelen dejar al descubierto, en un instante fugaz, el secreto de una obra.

Obsesionado con los procedimientos de la escritura y con autores y artistas de vanguardia como Rousell, Duchamp o John Cage, aún desconocemos el procedimiento secreto que rige el conjunto de su obra, aunque han existido algunos intentos por desvendarlo. Un famoso crítico uruguayo, por ejemplo, ha definido su estilo como una poderosa “fuga hacia adelante” aproximando la literatura de Aira a los mecanismos de la escritura automática surrealista. Una estudiosa francesa de arte contemporáneo afirma, sin titubeos de ninguna especie, que la obra de Aira es una versión escrita de los collages de Max Ernst y las cajas de Joseph Cornell.

Aira escribe tan compulsivamente que antes de que el amable lector termine de leer esta pequeña biografía, habrá terminado al menos dos novelas que podrían llevar por título “Un episodio en la vida del pintor viajero” y “El cerebro musical”.

Conociendo el carácter desmesurado y veloz de su escritura dicen que un día lo llamó Alan Pauls a su casa. No conocemos con precisión el motivo de su llamada. El caso es que respondió su esposa y le dijo a Pauls que Aira no podía atenderlo en ese momento porque estaba escribiendo una novela. Entonces Pauls, muy serio, le habría dicho: “no hay problema, espero en la línea”.

Algunos creen que el secreto de su productividad está en el hecho extraño de poder escribir con las dos manos al mismo tiempo textos diferentes. Algo que ha sido juzgado absurdo por respetados neurólogos, lingüistas y neurolinguistas. Otros dicen que Aira finalmente consiguió inventar una máquina que escribe los libros a partir de algunas simples combinaciones de palabras: “amor”, “gaucho”, “literatura”, “gimnasios”, “payasos”, “Parménides”. Pero ninguna de estas hipótesis ha podido ser comprobada empíricamente.

Aira, escritor omnívoro, ha practicado todos los géneros o casi todos. En realidad cada una de sus obras es como un remolino donde los géneros dan vueltas y vueltas y vueltas y nada vuelve a ser como era antes.

Después de una época donde el valor de lo literario parecía estar regido por los juegos de lenguaje y los experimentos formales, Aira vuelve para contar sus historias desaforadas, que no tienen nada de ingenuas aunque hagan reír, tal vez de manera involuntaria, inclusive a algunos críticos posestructuralistas.

No sé si el interés universitario que despierta su obra sea algo que le agrade o le disguste. Tiendo a inclinarme por la segunda alternativa. Pero esto, claro, es pura especulación de un biógrafo imaginario.

Cientos de aireanos fanáticos, alrededor del mundo, se reúnen varias veces por año para discutir diversos aspectos de su obra y su mito de escritor. Alrededor del ágora contemporánea se enfrentan las legiones aireanas, saerianas y piglianas con consecuencias no pocas veces sangrientas.

Al final Aira podría decir que no vale la pena, que todo no ha pasado de ser un chiste. Un chiste bueno o malo tal vez, pero chiste al fin y al cabo.

*Agradezco a Antonio Marcos Pereira por la lectura y comentarios al texto.

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