Los ensayos de Jaime Alberto Vélez

24 Mar

Hay libros que después de leerlos me producen una sensación, un tanto melancólica, relacionada con la imposibilidad de conocer a su autor, o más aún, con la imposibilidad de convertirme en su amigo. Acabo de leer uno de estos libros, Satura del ensayista paisa Jaime Alberto Vélez (1950-2003), publicado en agosto del 2013 por la editorial de la Universidad de Antioquia.

En el prólogo al libro que reúne algunos de sus ensayos y dos cuentos breves, Mario Jursich recuerda las conversaciones telefónicas que mantenía con Jaime (voy a decirle Jaime como si en verdad fuéramos grandes amigos) y destaca algunos trazos de su personalidad, como su obsesión por corregir y enmendar sus textos hasta el último momento o su convicción de que la crítica no debería ser ni una rencilla personal ni un ajuste de cuentas. Pero, sobre todo, lo que me transmiten las palabras de Jursich es algo que comprobé después con la lectura de los ensayos: el humor y la inteligencia de Jaime. Un humor corrosivo atraviesa la mayoría de sus piezas ensayísticas que el autor había publicado entre 1998 y 2003 en la revista El Malpensante. Todas ellas relacionadas con la literatura y el campo literario.

Un buen ejemplo de este humor ya aparece en un título como este: ¿A qué horas se afeita el premio Nobel de literatura? Texto en el que cuestiona los libros de entrevistas de escritores y en general la relación tensa que se establece entre el escritor como hombre público y su vida privada. “Estos libros”, escribe Jaime, “proclives a la ligereza y a la frivolidad propias de la conversación, se aprovechan de la falsa creencia según la cual el escritor y el ciudadano son la misma persona”. El título de la pieza proviene de un comentario al respecto hecho por Sábato que Jaime reproduce: “Supongamos un alpinista, y hasta aceptemos que es el mejor alpinista del mundo y ahora imaginémoslo en el momento en que se afeita. ¿Es, en ese instante, el mejor alpinista del mundo?”.

El primero de los textos del libro y el más extenso, es un ensayo sobre el ensayo titulado El más humano de los géneros que acompaña el surgimiento del ensayo con Montaigne y sus principales características y transformaciones a lo largo de la historia de la literatura, así como sus diferencias con géneros próximos como el Discurso o el Tratado. “De haber cultivado sistemáticamente una corriente filosófica”, escribe Jaime, “indudablemente Montaigne no habría llegado a ser el creador del ensayo. Desde sus mismos orígenes, este género se ha mostrado rebelde ante cualquier posibilidad doctrinaria, parcializada o exhaustiva”. El autor nos recuerda que la denominación para el ensayo en lenguas como el francés (essais), italiano (saggio), portugués (ensaio), alemán (Essay) y español (ensayo), provienen del vocablo latino exigium que significa “pesar algo en la balanza”. Así, plantea Jaime que “el propósito de cualquier ensayista de cualquier época consiste en someter a verificación contable y real unas ideas que de otra manera tendrían un peso inapreciable en sí mismas”.

Eso es precisamente lo que hace el propio Jaime en sus piezas ensayísticas, sometiendo a examen irónico muchas de las ideas comunes que rodean el oficio de escritor y el espacio de lo literario. Usando como una de sus armas principales el humor, la ironía y la sátira (otro nombre para satura que es como se conocía en la antigua Roma a los escritos de Juvenal, uno de los poetas preferidos del autor, como nos informa Jursich en el prólogo). Así, ensayistas como Voltaire, Chesterton, Wilde, Swift y De Quincey “consolidaron el ensayo como un género alejado de la solemne seriedad de quien se cree depositario de la verdad o poseído de una misión superior”. Paradójicamente este es el único ensayo del libro escrito en un tono serio y académico. Lo que tal vez se relaciona con la diversidad de su concepción, El más humano de los géneros fue concebido como un libro independiente, mientras que el resto de las piezas ensayísticas fueron escritas como columna para la revista. De todos modos, esta observación me hizo pensar lo siguiente: ¿es posible escribir un ensayo sobre el ensayo que ironice al propio ensayo?

Los temas elegidos por Jaime comprueban la idea de César Aira de que, a diferencia de la novela, donde el tema se revela al final y de manera independiente a las intenciones del autor, en el ensayo lo primordial está en el momento previo a su concepción, es decir, en la elección de los temas donde se aseguraría lo literario del resultado. Dice Aira: “todo se traslada al día antes de escribir, cuando se elige el tema; si se acierta en la elección, el ensayo ya está escrito, antes de escribirse”.

Creo que Jaime acierta en la elección la mayoría de las veces. Aquí una muestra de sus temas: las relaciones entre la poesía y el éxito; una diatriba contra la dificultad (algo que no agradará a los amantes del barroco); la actividad poética entendida como consecuencia de un proceso involuntario parecido a una simple secreción, explicada por el funcionamiento de la glándula poética; una reflexión sobre las dedicatorias de las obras literarias; un elogio del bar y sus incontestables ventajas para el éxito literario; fenómenos contemporáneos como el libro sin lector (aquel libro pensando casi exclusivamente como objeto de regalo que sirve para adornar ciertos estantes), o la aparición del doctor en fotocopias, nuevo tipo de intelectual que vendría a reemplazar al erudito y al ratón de biblioteca; lo que pasa con la obra literaria tras la muerte de su autor; una reflexión sobre los grupos literarios, titulado certeramente Los colegas de Shakespeare.

Ya es un lugar común cuando el reseñista (también un escritor o al menos un escritor fracasado) afirma que le hubiera gustado escribir un libro como el que reseña, pero qué le vamos a hacer, ¡me hubiera gustado escribir un libro como el que reseño!

Coda 1: Tendría que hacer algún comentario final sobre los cuentos breves que se incluyen en el libro. En vez de eso voy a recurrir a dos opiniones. Jursich afirma en su prólogo que cree que de haber podido continuar su obra Jaime hubiera abandonado la escritura de novelas para concentrarse en los ensayos y la poesía o en una mezcla de ambos. Gombrowicz en el prólogo a la edición en español del Ferdyduke dice que para evitar situaciones incómodas y aún ridículas sobre el juicio de su obra bastaba que el lector tocase su oreja derecha si le había agradado, tocase su oreja izquierda sino le había agradado o tocase su nariz si su juicio estaba en el medio. Con relación a los cuentos de Jaime paso silenciosamente tocándome la oreja izquierda.

Coda 2: He incluido al final algunas citas extraídas de los ensayos de Satura. Escuchemos directamente la voz del ensayista:

De Musas de sepulcro:

“Con el auge actual de la industria editorial, sobre todo, resulta cada vez más corriente que el escritor no descanse en paz”.

“Es fama que Sofía Andreevna vigiló paso a paso la escritura del diario de su esposo, el conde León Tolstoi, y que alteró datos y enderezó conceptos que su autor creía haber consignado para siempre. Esta mujer que, según Stefan Zweig, acorraló tanto a su marido que “no lo dejó a solas ni con Dios”, encarna una lección permanente para aquellos escritores que cometen el error de no sobrevivir a su mujer, o de elegir mal a su viuda”.

De Ideas vagabundas:

“Las frases célebres se caracterizan por cambiar de dueño a su antojo”.

“Las frases célebres, por lo demás, evitan la tediosa labor de tener que pensar por cuenta propia”.

De El intelectual fucsia:

“Lo característico del intelectual fucsia consiste en evitar el vocablo exacto y corriente, para utilizar otro rebuscado y aparatoso. Se cree que la clave reside en la sonoridad y en el color de la palabra, no en la realidad a la que alude. El aparente prestigio y la novedad de la terminología pretenden suplantar una profundidad de la que carece el raciocinio”.

“Se empieza por una palabra, o un “pequeño asesinato”, y se termina experto en ciencias sociales o humanas”.

De Infiernos de la gloria literaria:

“Una historia de la literatura que registrara aquello que los escritores anhelaron en vano se convertiría en la mayor obra de ficción”.

“Tampoco un escritor redescubierto al cabo del tiempo podría sentirse seguro de su inmortalidad, puesto que toda lectura es histórica y, por tanto, temporal. La gloria, pues, representa un hecho excepcional; lo natural es el olvido”.

“La verdadera gloria, en sentido estricto, consistiría en llegar solo a la gloria, aspiración contra la cual atenta la simpleza de la posteridad. Acertó Virgilio cuando concibió la fama como un ser abominable y vulgar, de bocas y lenguas que se agitan sin cesar”.

De El éxito poético:

“El verdadero poeta procede como un adelantado, en ningún caso como cronista o como notario de la sensibilidad pública”.

“A este nuevo poeta, debatiéndose entre incontables embaucadores, corresponde una pugna continua e inevitable contra una sociedad que lo desprecia, o que le promete, en caso de ceder, atractivas formas de triunfo y reconocimiento”.

De Primeras lecturas:

“Pocas páginas gozan de tanto poder para desencadenar el humor involuntario como aquellas que el escritor ingenuo dedica a relatar la experiencia de sus primeras lecturas”.

“Se promete una revelación, es cierto, pero ¿no resulta el hecho más natural del mundo que a un escritor le agraden los libros y que en alguna oportunidad haya leído uno por primera vez?”.

“No basta con decir literatura para que todo se vuelva literario. Estas supuestas confidencias del escritor no encubren otra cosa que el nombre de su soberbia”.

De El fuego lector:

“La actividad crítica, que los literatos practican en privado con tanta saña y profesionalismo, no suele aparecer en público por la sencilla razón de que muchos escritores temen desencadenar sobre su obra una actitud semejante por parte de sus colegas. La engañosa prudencia que parece regir el mundo literario, por tanto, no representa de ninguna manera una muestra de imparcialidad, de tolerancia y de cultura.”

“Los expertos suelen callar sobre el verdadero valor de algunos libros, y recomiendan, cínicamente, la lectura de un buen amigo, de un mal funcionario o de alguna conexión rentable.”

De La traición de sí mismo:

“El principal inconveniente de las reuniones de escritores no reside tanto, como creen algunos, en los peligros físicos que puedan derivarse de tales encuentros. No. Las estadísticas muestran, en relación con la gente de letras, un temor a la acción, encubierto bajo el calificativo eufemístico de tolerancia y de respeto a la diferencia.”

“Un escritor no llega a la soledad, al aislamiento, a la independencia, de un modo fatal, sino, más bien, como resultado de una elección, tan libre como necesaria para el surgimiento de la obra. La soberanía y la libertad en este terreno chocan con cualquier mecanismo, abierto o disimulado, de restricción”.

“Muchos escritores consideran que deben aprovechar todas las oportunidades posibles para que el gremio los conozca. Consideran, inclusive, que el desconocimiento en que han vivido obedece a su falta de relaciones públicas. Logran entonces, con el tiempo, que toda la república de las letras llegue a conocer, hasta el hartazgo, su mediocridad”.

De La glándula poética:

“La evidente relación de la poesía con el estómago, y no con el cerebro, permite explicar por qué resulta casi imposible el entendimiento con los poetas. Lo más frecuente es que, ante una idea expuesta con sensatez, el poeta responda irreflexivamente con una simple secreción”.

De Elogio del bar:

“Un escritor joven, antes de garrapatear su primera página memorable, debe tratar de permanecer el mayor tiempo posible en el bar. No existe otro lugar donde pueda aprender tanto sobre el oficio, pues en él se ha concentrado, sin duda, buena parte de la literatura actual”.

“Una prolongada y activa permanencia en el bar, por tal razón, resulta más fructífera que el más profundo de los estudios teóricos sobre la literatura. En caso de no asistir a una escuela tan privilegiada, el escritor joven no tendría manera de conocer los trucos para lograr ser publicado, las influencias para asistir a un congreso o a un recital, los requisitos para aparecer en una antología. La gran verdad es que la suerte de la literatura nacional se define, semana tras semana, en una mesa llena de copas”.

De Un nuevo testamento:

“Aunque en el terreno de las ideas ninguna legislación podría proteger a nadie, un escritor debería gozar, al menos, del derecho de prohibir a sus deudos y a la posteridad la nueva edición de obras de las cuales se ha arrepentido. ¿No existen perdón y olvido para los demás errores humanos?

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